Publicado por: paralaia | 7 Xuño 2016

Crónicas del club manga II

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Dicen que el mayor temor de un escritor es la página en blanco. No lo sé. Yo soy antropólogo y a un antropólogo le basta con observar lo que le rodea, fijarse en algunos detalles y explicar su significado social y cultural. El problema viene cuando esos significados no se nos desvelan. O cuando el hecho social es de una complejidad tal que apenas si somos capaces de atisbar la red de significados que se esconden tras él.

El primer recuerdo que tengo es de ellos ensayando el baile en el patio del instituto. Era un viernes por la tarde, a eso de las cinco o cinco y media. Ana y yo nos habíamos acercado andando por si necesitaban algo. La perra vino con nosotros. Como dije, estaban en el patio del instituto. Formaban una V. Laura estaba en el vértice mirando hacia los demás, como un profesor o un director de orquesta. De un Ipad salía una musiquita pop, pero en chino. Laura ordenaba y los demás daban saltitos al ritmo de la música. Nos vieron llegar y pararon.

-¡Oh, qué perro más bonito! ¡Oh, qué perro más bonito! -gritaron; y se abalanzaron sobre la perra sin darme tiempo a avisarles de que a lo mejor mordía.

La perra me miraba como si no supiese qué hacer, y yo pensé que eso es lo que pasa cuando uno es guapo, que los demás tienen una necesidad irrefrenable de sobarle y darle besos.

Luego nos ayudaron a Carlos el conserje y a mí a llevar algunas cosas al pabellón y volvieron a los ensayos. Ana y yo los estuvimos observando un rato. Eran unos quince chicos, de todas las edades, desde los diecinueve a los doce.

– En circunstancias normales ni siquiera hubiesen cruzado la mirada por el pasillo. Es fascinante la función de cohesión social de actos como este.

A mi mujer mis reflexiones antropológicas de tres pesetas la traen al pairo.

– Aquí ya no pintamos nada. -dijo.

Nos fuimos. Mientras lo hacíamos, por el rabillo del ojo, vi saltar y darlo todo por el ensayo a André, un chico muy majo de trece años al que sus nuevos amigos del Club Manga han rebautizado como Harry por su parecido con Harry Potter. Casi se me escapó una lagrimita de la emoción.

Pasó el fin de semana y llegó el lunes, el día escogido para la Segunda Xuntanza Manga Intercentros, en la que nos tocaba ser anfitriones. A las ocho y media estamos todos en la sala de alumnos.

– Falta Laura. -oigo decir.

Miro por ahí y compruebo que, efectivamente, falta Laura. Esto no supondría ningún problema, si no fuese porque Laura es la líder indiscutible de este grupo y la que ha organizado todo el evento. Me pongo un poco nervioso. Me acerco a Antía.

-¿Dónde está tu prima?

– No sé -dice ella.

– ¿Cómo que no sabes? Laura tiene la música, es la que sabe cómo tenemos que colocar los paneles y la que ha organizado el programa. ¿Cómo que no sabes?

– Pues eso, que no sé.

Trato de tranquilizarme.

– Bueno. Pues ya estás llamándola.

Dejo a los chicos cosplayeándose y voy al pabellón. Aún quedan dos horas para que lleguen los primeros invitados. En el pabellón está montando el equipo de sonido Urdampilleta, ese compañero que sabe de todo y vale para todo, una especie de señor Lobo de Pulp Fiction.

– Curro ¿dónde quieres que coloque el equipo? -pregunta.

– Pues no lo sé porque no está Laura. Podemos ir poniéndolo por aquí y luego ya veremos.

Urdampilleta se pone a lo suyo y yo enredo por ahí, tratando de avanzar un poco mientras no viene Laura. Pasa el tiempo. El pabellón es un espacio húmedo por el que no suele pasarse la mopa, un caldo de cultivo óptimo para los ácaros. Toso y poco a poco empieza ese crujidito en los pulmones que adelanta un ataque de asma. Le doy fuerte al ventolín, pero lo único que consigo es ponerme nervioso. Vuelvo a la sala de alumnos. Laura sigue sin aparecer.

– ¿Dónde coño está Laura? -le pregunto a Antía.

– Maquillándose.

– ¿En el baño?

– No, en casa.

– ¿Estás de broma?

– No.

– Sí.

– Que no.

– Los de los otros institutos llegan en una hora.

Antía se encoge de hombros. Me voy al pabellón. Montaré todo como Dios me dé a entender y, si a Laura no le gusta cuando llegue, que se aguante. Iria, Marta, Samuel y Mario me ayudan. Cinco minutos antes de las diez está todo listo. Hemos colocado cuatro paneles frente a las gradas a modo de photocall. Los de los extremos son blancos, y los del medio tienen unas fotos de una avenida de una gran ciudad. Creo que es Nueva York. Los hemos reciclado de la fiesta de Carnaval, pero no se nota, porque son fotos de edificios con muchas luces de neón, y eso bien puede pasar por Tokio. Urdampilleta ha puesto el equipo de sonido a la derecha con un proyector que lanza su imagen a uno de los paneles laterales. Felicito a los chicos y voy por tercera vez a la sala de alumnos. Por fin ha llegado Laura. Viene cosplayeada de maid -sirvienta japonesa- y se la ve nerviosa.

– Llegas tarde. -le digo.

Ella contesta algo con su vocecilla aguda. Me gustaría enfadarme, pero lo cierto es que está tan bien cosplayeada y ha trabajado tanto para organizar esto que no puedo.

– No pasa nada -digo.

Sea como sea, no es el magnífico cosplay de Laura lo que más me impresiona porque, a fin de cuentas, ya estoy acostumbrado a verla haciendo japonesadas. Lo que más me flipa son los otros miembros del club. Miguel, Dani y Juan se han caracterizado tal cual los personajes de Naruto. Además del kimono negro y rojo, se han maquillado los ojos y se han puesto unas chanclas con unos calcetines que dejan los dedos al aire -hasta llevan las uñas de los pies pintadas-. Por su parte, Cristian se ha puesto un traje de cuero negro como los psicópatas de Tokyo Ghoul y una peluca blanca que da un poco de miedo. El gran André, el chico de carácter afable rebautizado como Harry y que se ha destapado como un entusiasta bailarín, se ha puesto una especie de mono negro, una capa y una varita, su propia versión de Harry Potter mezclado con dementor. El cosplay de Andrea es inefable. Es una suerte de superheroína japonesa de color rosa. Está de puta madre. La buena de Claudia, una chica tímida de primero de ESO, va de amarillo y negro. Y David, otro chaval de primero de ESO, ha venido con su traje de mago. Hay más, pero no puedo detenerme en todos. Solo me falla Sara, que hubiese dado un magnífico cosplay con esos profundos ojos oceánicos, pero ha venido vestida de calle.

Andrea cosplayeada

Andrea cosplayeada

No tengo mucho tiempo para maravillarme porque enseguida aparece Paulino, el bedel, para avisarme de que los del instituto de abajo ya han llegado. Los recibo con  una sonrisa y los acompaño a la sala de alumnos, donde los miembros del Club Manga de As Barxas se mezclan con los míos. Esto no tiene mucho mérito porque son del mismo pueblo y, a fin de cuentas, todos se conocen. Eugenia, la profesora de As Barxas, me pregunta por los de los institutos de Vigo.

– Estarán al caer -digo.

Efectivamente, estaban al caer. Apenas si acabo de decir estas palabras cuando veo el bus aparcado en la puerta del instituto. La puerta del bus se abre y baja José Luis, el profesor del IES Álvaro Cunqueiro. Nos damos un abrazo y él dice algo hiriente sobre el Deportivo. Yo le respondo que podrá hablar cuando haya algo dentro de esa pecera vacía que es la sala de trofeos del Celta. Como preámbulo a los actos comunicativos suele darse un  intercambio de enunciados vacíos de significado que solo sirven para establecer el contacto. Se dice “Hola, ¿cómo estás?” y se responde “Bien, ¿y tú?” no porque nos interese el estado de la otra persona, sino solo para constatar que hemos contactado. Pero este intercambio estereotipado es demasiado impersonal para dos personas que, al fin y al cabo, son amigas, así que hemos diseñado nuestro pequeño ritual adecuándolo a nuestras circunstancias. El dice que los de Coruña somos sucios, yo me cago en Balaídos. Luego le pregunto si han venido muchos de sus alumnos cosplayeados y él dice que algunos. Ana, la profesora del IES Alexandre Bóveda, baja del bus. Nos saludamos y vamos todos, profesores y alumnos, al salón de actos, donde Moncho, nuestro director les da la bienvenida y bla, bla, bla.

Moncho nos saluda y bla, bla, bla.

Moncho nos saluda y bla, bla, bla.

Luego nos vamos al pabellón. Allí las cosas tardan un poco en empezar porque el ordenador se ha puesto burro e insiste en no querer funcionar. Los de los otros institutos se sientan en las gradas. Los del IES A Paralaia se esconden detrás del panel frente a ellos. Al fin suenan las primeras notas de la cancioncilla china. Ismael sale rompiendo un papel como en los programas de variedades de la tele. El resto de los miembros del Club Manga del Paralaia le siguen y empieza el flash mob. Los ensayos parece que dieron su fruto, porque el bailecito está bastante bien. La gente aplaude y pasamos al concurso de cosplay. Cojo el micrófono y voy presentando a los participantes uno a uno. Además de posar con su disfraz, unos cantan, otros hacen una pequeña representación y alguno que otro da un grito. Se reúne el jurado y decide que las ganadoras son Laura y Luna, ambas cosplayeadas de maid.

Flashmob

Flashmob

Ganadoras del concurso de cosplay.

Ganadoras del concurso de cosplay.

Pasamos al taller de coreano. Ponemos una pizarra móvil frente a las gradas y las chicas de nuestro club les dan una clase a los demás. A mitad de lección tiene lugar el momento estelar del acto, el que transforma nuestra pequeña y anónima xuntanza en un acontecimiento social que tiene proyección en la comunidad, como una crisálida que se convierte en mariposa. Paulino, el bedel, me avisa de que la prensa y las autoridades locales acaban de llegar. Voy corriendo al despacho del director para avisarle y salgo al encuentro de las celebridades recién llegadas. Les saludo, les doy las gracias por venir y los acompaño al pabellón. Laura, Andrea e Ismael siguen impartiendo el taller de coreano. Todos me preguntan qué está pasando y yo interrumpo el taller para presentarle toda esta gente importante a Laura, que, a fin de cuentas, es la que se lo ha currado. Los periodistas le hacen preguntas, me las hacen a mí y no sé muy bien cómo todos acabamos posando delante de los paneles como si fuese un photocall. Alguien me pasa el micrófono. No tengo nada que decir, así que me pongo a dar las gracias a todo el mundo, como si estuviese en los Oscar. Cuando termino, le paso el micrófono a la alcaldesa. Ella, que está bastante más versada que yo en esto de arengar a las masas, da un discurso mucho mejor, estructuradito y que se entiende. Termina, hay unos aplausos y volvemos a nuestras actividades manga. Periodistas y autoridades políticas se quedan un poco más, dando vueltas y haciendo preguntas. Al fin se van. Al despedirnos, les vuelvo a dar las gracias. Soy sincero, porque la verdad es que me lo han facilitado todo desde el principio, y esto no es una cuña de propaganda política, lo juro.

Posando con las autoridades

Posando con las autoridades

A eso de la una toca coger el autobús y subir a O Beque, el espacio que nos ha cedido el Ayuntamiento para seguir con nuestra Xuntanza. En la primera tanda iremos nosotros y los del Álvaro Cunqueiro, en la segunda los de As Barxas y el Alexandre Bóveda. Cuando cruzamos el patio, algunos alumnos nos gritan cosas desde las ventanas. Tratan de ser pullas ocurrentes, pero la verdad es que solo evidencian la falta de ingenio de los que las profieren. Nos subimos al autobús. Una niña, no recuerdo quién, le indica el camino al busero y yo pienso en Mary Douglas y Pureza y peligro. Las culturas son sistemas de clasificación. Todo aquello que no encaja es considerado peligroso y se lo margina. Las pullas de aquellos alumnos desde la ventana son la expresión de temor de mentes demasiado rígidas ante lo que no entienden.

Portada del Faro de Vigo. (también lo fuimos en la edición en papel)

Portada del Faro de Vigo.
(también lo fuimos en la edición en papel)

 

De lo que sucede en O Beque no hay mucho que contar -comemos y hacemos el concurso de Pokemon- salvo por dos detalles:

El primero relaciona la Xuntanza Manga con el entrenamiento de los jóvenes para las futuras relaciones de parentesco. En un momento determinado, cuando se pone a llover y nos tenemos que refugiar en el frontón cubierto, una parejita de novios aprovecha la oportunidad para desaparecer. Nadie los hecha de menos hasta más o menos tres cuartos de hora después.

-Tampoco estarán haciendo nada que no hayamos hecho nosotros de jóvenes. -digo.

-Ya, pero no puede ser. -me responde la profe del Alexandre Bóveda.

Tiene razón, y aunque este romance adolescente les sirva para rodarse antes del futuro matrimonio, los profes aún estamos a su cuidado y somos responsables de la salud moral de occidente. Van a buscarlos y los traen de una oreja.

El segundo refleja un proceso de psicología colectiva que no puedo explicar desde la antropología. En general todo había salido bastante bien. El flash mob, el concurso de cosplay, el taller, comer y todo eso. Salvo una pequeña excepción que me tenía bastante mosqueado, y es que los chavales de los distintos institutos no acababan de interrelacionar. A pesar de que había arengado fuerte a los míos durante la semana, lo cierto es que mayoritariamente los de Moaña estaban con los de Moaña y los de Vigo con los de Vigo. Hasta las cinco de la tarde, exactamente media hora antes de la hora fijada para marcharnos a casa. Entonces, como si de repente la masa hubiese tomado conciencia en bloque de que el tiempo se esfumaba y con él la oportunidad, todos se mezclaron, empezaron los flirteos y, sobre todo, las protestas ante la partida inminente.

-Jo, profe, ¿no podemos quedarnos un poco más? -decían.

-Habéis tenido todo el día para relacionaros. -respondía José Luis inflexible.

Y yo, cansado pero muy satisfecho, me acordaba de mi adolescencia, cuando me pasé toda la noche con una chica y solo me atreví a darle un beso justo en el momento en que cogía el taxi para irse a casa. Ella me correspondió, nos besamos durante unos cinco o diez segundos y luego el taxista tocó el claxon para avisar de que el taxímetro corría. Ella se despidió de mí con una mano que se deslizó desde mi hombro hasta los dedos de la mano y entró en el taxi. Yo me quedé mirando cómo el coche se alejaba por la carretera como una escena de una peliculilla romántica de Jennifer Aniston. Me sentía feliz y hasta hoy no había pensado en lo gilipollas que fui, porque, si le hubiese atacado al hocico al comienzo, me hubiese pasado toda la noche morreando. Pero las cosas fueron como fueron y ahora estoy hablando de los manga y no de mis miserias adolescentes. El caso es que se intercambiaron teléfonos, imagino que algún beso furtivo, nos dijimos adiós y cada uno se fue a su casa.

*
La semana pasada, hablando con una amiga de Voces desde Chernobil de Svetlana Alexievich, me dijo que le había impresionado muchísimo el primer testimonio, el de la mujer del bombero.

-¿Para qué hablar de sentimientos cuando te sucede algo así? No hay palabras. Cuentas lo que te pasó y ya está. Es suficiente.

Pues lo mismo me sucede con nuestra pequeña convención Manga, pero no como escritor, sino como antropólogo. ¿Puedo decir, como dije, que fue un mecanismo de cohesión social, un medio para que individuos con intereses similares entablen y estrechen sus lazos? ¿Puedo decir que es un lubricante para las relaciones sociales? ¿Puedo decir que es un entrenamiento para las futuras relaciones de parentesco? ¿Puedo decir que aquellos alumnos que sonreían al verlos eran un claro ejemplo de la reacción de rechazo esperable ante un fenómeno que no encaja en el sistema de representaciones colectivas establecido? ¿Puedo explicar, como hice la primera vez, que son un fenómeno contracultural (aquí)? Sí, sí, sí y a todo sí. Pero esto no es más que rascar en la superficie, porque nuestra convención Manga fue un fenómeno mucho más complejo. Y además la antropología se olvida del factor humano. Así que que este post quede como la crónica de algo que fue.

 

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